En conferencia desmontan el Templo Mayor de México-Tenochtitlan

* El arqueólogo Leonardo López Luján abordó la arquitectura e iconografía de la principal edificación del Imperio mexica, en ciclo de El Colegio Nacional.

* Las ampliaciones constructivas del monumento fue resultado de una política expansionista iniciada por Motecuhzoma Ilhuicamina.

CDMX. Para dar una idea de la altura que tuvo el Templo Mayor de México-Tenochtitlan, monumento que sorprendió y a la que ascendieron las huestes de Hernán Cortés, el investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Leonardo López Luján, refiere a la altura de la Columna de la Independencia: 45 metros, cuyos materiales fueron desmontándose en las décadas subsecuentes a la conquista para usarlos en la construcción de la nueva urbe colonial.

            De acuerdo con el arqueólogo, por desgracia, las pirámides de Mesoamérica no tuvieron utilidad para los españoles en términos de su funcionalidad arquitectónica, como las edificaciones musulmanas y judías que ocuparon tras la reconquista cristiana de la península ibérica a finales del siglo XV, transformando mezquitas y sinagogas en catedrales e iglesias católicas.

            “En América no pudieron hacer eso porque la concepción arquitectónica era totalmente distinta. Los fieles mesoamericanos se congregaban lejos de los templos porque los propios edificios les imponían esa distancia, el sólido dominaba sobre el espacio techado, es decir, las capillas que los remataban.

“Entonces, los españoles los demolieron y usaron como banco de material para levantar sus templos, y lo más dramático: las manos de los indígenas que construyeron esas pirámides, también debieron derribarlas”, explicó el director del Proyecto Templo Mayor (PTM) a casi 500 años de la caída de Tenochtitlan.

El experto ofreció la ponencia Cómo construir una pirámide: arquitectura e iconografía del Templo Mayor, en el ciclo de conferencias “La arqueología hoy”, que coordina en El Colegio Nacional. En la transmisión por
las redes sociales de esta institución, señaló que a la luz de los vestigios exhumados por investigadores del PTM, resulta evidente que la pirámide principal de los mexicas estuvo sujeta a una renovación constante desde su erección en el siglo XIV, hasta su destrucción en el siglo XVI.

Así lo demuestra el hallazgo de siete ampliaciones en las cuatro fachadas, cinco parciales en la fachada principal, un remozamiento total de la escalinata doble, varias renivelaciones de la cara superior de algunos cuerpos piramidales, numerosas reparaciones menores de las caras laterales, y múltiples incrementos en el nivel de piso de la plaza circundante.

Toda esa actividad constructiva, la cual se dio en 150 años, tuvo diversas causas, entre ellos, fenómenos naturales de los que era víctima la ciudad: terremotos, inundaciones y hundimientos del terreno; sin embargo, “la mayoría de las ampliaciones registradas parecen ser el resultado directo de una política expansionista que comenzó cuando Motecuhzoma Ilhuicamina ascendió al poder, en 1440, y finalizó con la conquista española”.

Según estudios, el Templo Mayor se formaba de tres partes fundamentales: la plataforma sobre la que se desplantaba la pirámide, la pirámide doble que debió contar con cuatro cuerpos y escalinatas de 116-117 peldaños, y la cúspide, coronada por las capillas de Huitzilopochtli (derecha) y de Tláloc (izquierda).

Aludiendo a los trabajos de la experta en estudios mesoamericanos Johanna Broda, López Luján dijo que una lectura de las obras de fray Diego Durán y Hernando Alvarado Tezozómoc, permite concluir que cada agrandamiento del templo era inaugurado con la sangre de guerreros originarios de un señorío, sometido exprofeso para la celebración, de manera que el edificio simbolizaba, celebraba y santificaba la inclusión de nuevos tributarios.

“Cada que crecía el imperio, crecía la pirámide. Pero, por ejemplo, cuando Axayácatl no pudo avanzar al oeste tras enfrentarse con los tarascos, entonces no se inauguraba el Templo Mayor, y los ejércitos eran enviados a un señorío más débil para conquistarlo y llevar cautivos para estrenar la pirámide”.

Los estudios del equipo interdisciplinario del PTM y diversos profesionales colaboradores del mismo, han permitido saber que, a pesar los impresionantes volúmenes de piedra, tierra, arena, cal y madera que implicaba cada una de estas obras, los trabajos constructivos del Recinto Sagrado representaban un gasto relativamente reducido para los mexicas, “lo cual se debía a que, salvo excepciones, todos los materiales eran obtenidos en las mismas riberas del sistema lacustre de la Cuenca de México. Además, todos los pueblos aliados y sujetos al imperio colaboraban en la obtención y el traslado de los materiales, así como en la edificación de las estructuras de culto”, finalizó el investigador. 



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