Medalla al Mérito Fotográfico a José Luis Neyra por su fotografía espontánea

 

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José Luis Neyra tiene una memoria privilegiada que le permite hilar anécdotas sobre una ciudad y una sociedad que ya no son más, pero a las que nos aferramos como a los buenos recuerdos, un mundo perdido que él supo congelar en el tiempo y por el que es reconocido como uno de los fotógrafos que mejor capturaron la cotidianeidad de la capital mexicana, el inquietante Distrito Federal de las décadas de los 60 a 80.

A este personaje que camina entre la multitud y el bullicio del Metro y las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México, un apasionado de la disciplina que participó en la creación de ese hito conocido como el Consejo Mexicano de Fotografía, se le entregará la Medalla al Mérito Fotográfico el próximo 1 de septiembre.

La obra de Neyra fue seleccionada junto con la de Agustín Jiménez (1901-1974) y Rafael Doniz, para recibir esta distinción en el marco del Decimoséptimo Encuentro Nacional de Fototecas, en Pachuca, Hidalgo. Actividad académica que anualmente organiza el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) a través del Sistema Nacional de Fototecas.

Desde el interior del Museo Archivo de la Fotografía, donde ha expuesto parte de su obra, José Luis Neyra voltea y mira en gran formato La cortina, sendos rayos de luz bañando el frágil cuerpo de un infante. “Iba caminando y observé aquel halo prodigioso que se filtraba de un techo desgarrado, para mi mayor fortuna apareció ese niño llevando un cuenco de leche entre las manos. ¡Clic!”.

El anterior es un ejemplo de lo que él mismo llama fotografía espontánea. “Eso describe el tipo de imágenes que a mí me agrada tomar. No lo que se está acomodando con la luz, sino escenas normales que pasan. ¡Claro que uno debe actuar rápido! Son esos momentos que pueden perderse si uno carece de suerte, osadía y presteza”.

El encanto de José Luis Neyra por las imágenes despertó en su niñez sobre lisas paredes en las que Charles Chaplin daba rienda suelta a su mímica y el perro Rin Tin Tin hacía de todo por cazar a los malos. La magia también la encontró, cuadro por cuadro, en las historietas de Los Supersabios y Rolando el rabioso.

Sus atisbos a la fotografía se dieron a hurtadillas, yendo al Club Fotográfico de México en San Juan de Letrán, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas, donde los fotógrafos podían ir a revelar y a charlar. Supo que si quería ingresar a ese mundo debía hacerse de una cámara, así fuera a plazos en El Palacio de Hierro.

“Tener una cámara fue para mí algo extraordinario porque poco a poco fui utilizando el material, buscando distintos motivos. Tardé mucho tiempo en conseguir imágenes que tuvieran trascendencia, pero primero era necesario aprender, echar a perder y fue en el club, ya una vez que me hice socio, que practiqué el revelado y la impresión, la secuencia completa para obtener las imágenes”.

Admirador de las películas de Norman McLaren, cineasta que es considerado uno de los principales animadores experimentales, José Luis Neyra también tiene mucho de autodidacta y gusto por la experimentación, un ejemplo son sus diaporamas, breves narraciones visuales acompañadas de sonidos que también se vuelven forma y fondo, así se introdujo en la manera como viven los fieles la Semana Santa en Taxco, en la finitud de nuestras vidas retratada en un orfelinato y un asilo, y en abstracciones de la tierra, la arena y la nieve, que reúne bajo el concepto de fotometamorfismo.

En la trayectoria de José Luis Neyra existe otro parteaguas, la creación del Consejo Mexicano de Fotografía. Comenta que, de algún modo, esta historia comenzó al acudir, a invitación de su “hermano de profesión”, Lázaro Blanco, a las reuniones que se realizaban en la Casa del Lago del Bosque de Chapultepec y en las que se discutía la necesidad de colocar a la fotografía como una disciplina artística de repercusión.

Ese eco que buscaban lo encontraron a través de la demanda. Y el pretexto no tardó en llegar. “Bellas Artes había convocado a pintores y dibujantes para participar en un concurso. Rechazaron a los fotógrafos, nos indignamos y nos opusimos. Se realizaron juntas y no les tocó de otra que atender lo que los fotógrafos estábamos buscando: un reconocimiento de las imágenes fotográficas.

“En una de esas fotos aparecen las autoridades y algunos de nosotros: Carlos Azpeitia, Lázaro Blanco, Aníbal Angulo, Pedro Meyer, Armando Cristeto y un servidor. La presión de todos fue tan fuerte que no tuvieron más remedio que darle un reconocimiento a la fotografía como arte. Bueno, da risa, porque era la cerrazón de las autoridades de entonces, pero todo eso sirvió”.

Ese entusiasmo dio lugar al Consejo Mexicano de Fotografía (CMF) en 1976, que tras un periplo por locales y las casas de algunos de los miembros, entre ellos de Nacho López y Pedro Meyer, se instalaría en el inmueble marcado con el número 214 de la calle Tehuantepec, en la colonia Roma, un espacio que a Neyra y a Lázaro Blanco les pareció ideal porque había un laboratorio farmacéutico y una gran sala para realizar exposiciones y proyecciones. El nombre del refugio no podía ser otro que la Casa de la Fotografía, un título más modesto que Neyra siempre ha preferido usar.

“Durante los años de vida del Consejo Mexicano de Fotografía se promovieron 140 exposiciones y se organizaron dos coloquios latinoamericanos de fotografía y uno nacional. Los tres despertaron el interés de muchos colegas que aportaron su ánimo y tiempo para llevar a cabo diversas actividades por las que no devengaban remuneración alguna. Por mi parte, enfoqué mi atención en incrementar el acervo de la biblioteca especializada en fotografía”.

A la Casa de la Fotografía le resultó cada vez más difícil su sostenimiento por el incremento de la renta. José Luis Neyra asegura que tejemanejes legaloides y la falta de respaldo económico trastearon su existencia. Sin embargo, su acervo —en el que se encuentran imágenes de autores como Joâo Urban, Claudia Andujar, Antonio Saggese, Eduardo Grossman, Rita Halle, Hilton de Souza y John O’Leary— constituye ahora el corpus más importante que conserva el Centro de la Imagen, institución a la que fue cedido.

La valía de esa colección que formó el CMF recae en la trascendencia de la mayor parte de las imágenes; de manera que ese es el reto, “el compromiso del fotógrafo está en lograr algo más sustancioso y perdurable, porque entre las miles de fotografías que se pueden obtener ahora con la cámara digital, no todo vale la pena”, una declaración que puede pasar por sentencia en la boca de un hombre, José Luis Neyra, que ha vivido para la fotografía.

 

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Categorías:Foto del día

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